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Elefantes blancos en Bogotá: obras inconclusas que desperdician miles de millones.

Caricatura editorial de Naranjoso y Chisfirulais denunciando elefantes blancos y obras inconclusas en Bogotá que desperdician miles de millones de pesos

Hay cosas en Bogotá que simplemente habitan en una dimensión desconocida. No están terminadas, pero tampoco se declaran muertas; están en un limbo insoportable. Es exactamente como cuando el michi te busca con maullidos de urgencia para jugar, tú dejas todo, sacas la pluma, y a los cinco minutos el tipo se aburre, se lame una pata y se va, dejándote a ti con la brocha colgada y la pregunta en la boca: “¿Ajá, no pues que mucha intensidad?”.

Esa misma sensación de desprecio es la que sentimos los ciudadanos frente a la infraestructura de la capital. Bogotá está llena de brochas colgadas y promesas a medio pelo. Obras que llevan tanto tiempo en construcción que ya forman parte del paisaje arqueológico de la ciudad. Proyectos que empezaron con bombos y platillos, pero que los contratistas olvidaron terminar, como si de repente hubieran visto un pájaro por la ventana y perdieran el hilo de sus obligaciones.

Estamos hablando, por supuesto, de los elefantes blancos. Esos monumentos a la ineficiencia que este Naranjoso —y cualquier ciudadano con dos dedos de frente— ya no sabe si clasificar como “en progreso” o simplemente como “abandono con estilo”.

Vamos a hacer un recorrido quirúrgico por estas heridas abiertas de Bogotá; donde unas avanzan a paso de tortuga con asma, otras están congeladas en el tiempo y otras, francamente, ya tienen a un gato vigilando los escombros porque es el único que saca provecho del desorden.

🏗️ El “Miau-seo” del Desastre: El Centro Fundacional de Usaquén

Miren, mis queridos lectores con criterio, lo que está pasando en Usaquén es para erizarle el lomo a cualquiera. Nos vendieron la idea de una renovación urbana digna de la aristocracia gatuna, pero nos dejaron un arenero sucio y sin pala.

🐾 Los Datos del Despilfarro

Aquí no estamos hablando de “menudencias” ni “galleticas de michi”. La inversión fue de $44.000 millones de pesos. ¡Imagínense cuántas latas de atún premium se compran con eso! Y lo peor es que, después de semejante festín de billetes, el avance real apenas rasguña el 31%. Es decir, se comieron el salmón y nos dejaron solo las espinas.

🔍 ¿Qué pasó? (El gato encerrado)

El contrato se terminó anticipadamente en 2025. ¿La razón? El contratista resultó ser más perezoso que un gato al sol. Entre incumplimientos de cronograma y una ejecución que daba más vueltas que un michi buscando posición para dormir, la obra quedó en el limbo.

“Parece que el contratista se quedó persiguiendo un láser rojo en lugar de pegar los ladrillos. ¡Qué falta de respeto a los habitantes de la zona!”

⚠️ El “Rasguño” a la Comunidad

Lo que dejaron no es espacio público, es una zona de guerra. El impacto es nefasto:

  • Comerciantes en la quiebra: Los tienen saltando matones como gatos en tejado de zinc caliente.
  • Turismo en picada: Ya nadie quiere ir a Usaquén a tropezar con escombros; para eso mejor nos quedamos viendo videos de gatitos cayéndose.
  • Zonas destruidas: Dejaron el barrio más despelucado que gato callejero tras una pelea un viernes por la noche.

🏛️ Conclusión del Bigote: Un Elefante Blanco con Bigotes

Técnicamente, esto ya no es una obra, es un Elefante Blanco con todas las de la ley. Hubo plata, hubo promesas, pero no hay entrega funcional.

Es una vergüenza que el sistema permita que nos dejen la casa “patas arriba”.

¡Usaquén merece respeto, no más gatos por liebre!

🥈 La URI de Tunjuelito: Una obra “a medio bigote”

Si lo de Usaquén fue un insulto al buen gusto, lo de la Unidad de Reacción Inmediata (URI) de Tunjuelito es un insulto a la seguridad. Aquí ya no estamos hablando de andenes bonitos para pasear al Firulais; estamos hablando de un espacio crítico para la justicia que se quedó en el “ya casi, pero todavía no”.

🐾 El “Gato-Pardo” de la contratación

Con una inversión que supera los $20.000 millones de pesos, uno esperaría ver una estructura sólida y funcional. En lugar de eso, nos encontramos con un avance que oscila entre el 50% y el 60%. Es como si el contratista hubiera decidido que con construir la mitad ya cumplió su cuota de ejercicio diario y se echó a dormir la siesta sobre los planos.

🔍 ¿Qué hay detrás del muro? (El enredo de cables)

La obra lleva más de un año de retraso. ¿Las excusas? Las de siempre: problemas técnicos, líos contractuales y el “clásico” de la burocracia bogotana: retrasos en las conexiones de servicios y energía.

“Parece que están esperando que un rayo divino baje y conecte los cables, porque aquí nadie mueve un dedo para que la luz llegue. A este paso, los delincuentes van a tener que llevar sus propias velas cuando los trasladen.”

⚠️ El zarpazo a la justicia

Esto no es solo un montón de ladrillos apilados; el impacto de este letargo es grave:

  • Hacinamiento y sobrecarga: Al no estar lista la URI de Tunjuelito, las demás sedes están más apretadas que una camada de gatitos recién nacidos en una caja de zapatos.
  • Seguridad en vilo: La falta de infraestructura adecuada debilita el sistema.
  • Recursos en el limbo: Tenemos miles de millones inmovilizados, cogiendo polvo, mientras la inseguridad no se toma vacaciones ni siestas de 18 horas.

🏛️ Conclusión del Bigote: Un elefante en gestación

Técnicamente, no podemos decir que sea un elefante blanco total… todavía. Está en ese estado de “alto riesgo”, como un gato caminando por el borde de un balcón en un piso 20. Si no se ponen las pilas con el cronograma y dejan de jugar con los tiempos de la ciudadanía, Tunjuelito tendrá su propio monumento al “casi-casi”.

Señores contratistas: la justicia no puede esperar a que ustedes decidan terminar de lamerse las patas. ¡O terminan la obra o mejor entreguen las llaves!

🏛️ La Manada de Paquidermos: El Riesgo Sistémico de Bogotá. (Obras en general y por toda la ciudad)

Si creían que lo de Usaquén y Tunjuelito eran casos aislados, lamento decirles que son apenas los cachorros de una manada gigante que amenaza con pisotearnos el bolsillo. Estamos ante un riesgo sistémico; o en términos gatunos: se volcó la bolsa de las croquetas y todos los ratones están de fiesta.

💰 Un festín de $1,4 billones (con “B” de Billetera rota)

Estamos hablando de $1,4 billones de pesos que están en la cuerda floja. ¡Billones! Con eso podríamos ponerle rascadores de oro a cada gato de la galaxia. Pero no, aquí esa plata está comprometida en proyectos que tienen más trabas que un ovillo de lana en manos de un cachorro hiperactivo.

🔍 El “Gato por Liebre” en la Planeación

Lo que encontramos aquí es el ADN del fracaso institucional. Miren este menú de errores:

  • Estudios y diseños de papel: Parece que los hicieron con crayones mientras tomaban la siesta.
  • Licencias incompletas: Salen a cazar sin afilarse las uñas y luego se sorprenden porque la presa se les escapa.
  • Mala planeación: Es esa maña de empezar a excavar sin saber qué hay debajo. ¡A veces parece que el Distrito tiene menos instinto que un gato de peluche!

⚠️ Un zarpazo múltiple al ciudadano

Esto no afecta a un sector, afecta a la vida misma en la capital:

  • Vías y Ciclorrutas: Nos tienen saltando huecos como si estuviéramos en una competencia de agilidad felina.
  • Colegios: Infraestructura educativa frenada, dejando a los niños esperando un pupitre mientras los contratistas se lamen las heridas (y los bolsillos).
  • Sobrecostos: Porque claro, en Bogotá nada sale por lo que dicen al principio. El precio siempre sube más que un gato asustado por una aspiradora.

🏛️ Conclusión del Bigote: La invasión de los Elefantes

Técnicamente, no estamos ante un elefante blanco solitario. Estamos ante una invasión coordinada. Es un riesgo donde múltiples proyectos están a un bostezo de convertirse en monumentos permanentes a la ineficiencia.

Bogotá se ha convertido en un safari de cemento donde los elefantes se reproducen por esporas. Como editorialista con bigote, les digo: aquí el problema no es el contratista de turno, es el sistema que permite que nos vendan gata por liebre una y otra vez.

¿Hasta cuándo vamos a seguir aceptando que nos dejen la ciudad como un juguete masticado por un perro? ¡Ya es hora de sacar las garras de verdad!

Chisfi: “¡Ay, Naranjoso, no te pongas así de gruñón, que te van a salir más canas en el bigote! Yo solo tengo una duda… si hay tantos elefantes blancos por toda Bogotá, ¿será que son para jugar a las escondidas? ¡Deben ser muy divertidos! Aunque me preocupa que, con tanta obra sin terminar, ya no sé dónde enterrar mi hueso sin que me salga un tubo roto. ¿Tú crees que si les muevo la cola a los señores contratistas por fin terminan de tapar esos huecos? ¡Guau, qué emoción sería ver la ciudad terminada para salir a correr sin tropezarme!” 🐾🐶✨

“Ay, mi buen Chisfi… ojalá el mundo fuera tan sencillo como mover la cola para que las cosas funcionen. Pero no te preocupes por tus huesos, que para eso estoy yo aquí cuidándote el terreno.

Esos señores no juegan a las escondidas, lo que pasa es que se quedan dormidos en la mitad del trabajo y se les olvida que nosotros necesitamos por dónde caminar. Tú sigue soñando con correr sin tropezarte, que mientras tú mueves la colita, yo voy a sacar las garras para que dejen de dejarnos la casa a medio hacer. ¡Acomódate, que este recorrido apenas empieza!”

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🏗️ El Puente al “Más Allá” (porque a la Estación no llega)

Si usted quiere ver una metáfora perfecta de lo que es la planeación en esta ciudad, solo tiene que pararse en la Calle 100 con Autopista Norte. Ahí, suspendido en el aire como un mal recuerdo, está el puente peatonal que “iba” a conectar el puente en el costado norte en la Autopista sobre la calle 100 con la estación de TransMilenio.

🐾 El “Eterno Retorno” del Metal

Miren esa estructura. Lleva años ahí, oxidándose con una dignidad que ya quisiéramos nosotros. Lo dejaron a medio camino, como quien empieza un estornudo y nunca lo termina. Es un puente que no une nada, no sirve para nadie y solo está ahí para que el viento juegue con esos harapos azules que algún día llamaron “cerramiento”.

🔍 El “Gato por Liebre” de la Calle 100

¿Cuál será la excusa para este esqueleto metálico? Seguramente el mismo libreto de siempre: un contratista que se quedó tan quieto como un gato de porcelana en la repisa de la abuela, o una licencia que terminó refundida en algún escritorio oficial. Lo cierto es que, mientras los ciudadanos vemos cómo ese metal se oxida a la intemperie, la estructura sigue ahí, más estática que un michi acechando un punto láser que nunca va a alcanzar.

En ese rincón no hay obreros ni avances, solo recursos públicos que se quedaron a media marcha. Esos tubos, más que un puente, son el monumento a un presupuesto que se nos esfumó más rápido que un gato cuando escucha que encendieron la aspiradora. Ver esa estructura perdiéndose día tras día es como recibir un “regalo” de gato cazador en la puerta de la casa: uno no sabe qué hacer con eso, estorba y nos deja a todos con cara de no entender qué pasó con la inversión.

Es una falta de elegancia ver cómo el esfuerzo de la ciudad se quedó colgado de una viga que no conduce a ninguna parte, perdiendo su brillo mientras el tiempo les pasa factura a los tornillos. Al final, nos dejaron el armazón ahí tirado, como si terminar la obra fuera demasiada molestia para su siesta, dejándonos a nosotros con la cuenta cobrada y un puente que solo sirve de adorno para las palomas.

🌉El Puente de la 153 (Avenida La Sirena): Una siesta de seis años.

Si usted quiere ver un monumento a la paciencia, no vaya a una iglesia, vaya a la Calle 153 con Autopista Norte. Este puente es el ejemplo perfecto de cómo una obra puede durar más que las siete vidas de un gato.

🐾 El “Gato-Pardo” del cronograma

Este proyecto arrancó formalmente por allá en 2019, antes de que todos supiéramos qué era un tapabocas. Lo recibieron con un avance lánguido del 11% a inicios de 2024, y solo hasta ahora, en pleno 2026, parece que por fin le están viendo la cara al final del túnel (o del puente). Actualmente dicen que va por el 83% de ejecución.

“Parece que los contratistas estaban esperando que las vigas crecieran solas, como si fueran plantas de catnip. ¡Seis años para un puente vehicular! Yo he visto camadas de gatos crecer, tener hijos y jubilarse en lo que estos señores pegan un bloque.”

🔍 ¿Por qué tanto bostezo en la 153?

La lista de excusas es más larga que fila de TransMilenio un lunes a las seis de la mañana en el Portal Norte:

  • Problemas de diseño: Al parecer, a alguien se le olvidó medir bien y tuvieron que replantear medio puente.
  • Líos de terrenos: El eterno drama de “este pedacito es mío y no te lo presto”.
  • Pandemia y post-pandemia: El comodín favorito para justificar que se quedaron dormidos en la siesta.

⚠️ La luz al final del rascador

La buena noticia (si es que podemos llamarla así después de tanta espera) es que el alcalde Galán ya puso fecha: julio de 2026. Dicen que para ese mes ya deberíamos estar rodando por los tres carriles nuevos, la ciclorruta y el espacio público que prometieron.

La siguiente categoría es la que más me hace mover el bigote con intriga, porque es el engaño más sutil de todos. No son ruinas, pero se sienten como un rascador de lujo que el michi prefiere ignorar para terminar durmiendo en la caja de cartón de la esquina.

🎖️ Los “Elefantes Silenciosos”: Infraestructura en el Limbo

Si los casos anteriores eran gritos de auxilio, este es un ronroneo que esconde un secreto incómodo. Estamos hablando de la infraestructura pública subutilizada. Esas obras que están terminadas, que huelen a pintura fresca y tienen las cintas cortadas, pero que están más solas que un gato en un balneario.

🐾 El rascador que nadie usa

Aquí la inversión es variable, pero si sumamos los miles de millones acumulados, podríamos llenar de croquetas premium toda la sabana de Bogotá. El problema es que estos edificios están en un estado de “abandono con aire acondicionado”. Tienen las luces prendidas, pero les falta lo más importante: una función clara.

“Es el colmo de la elegancia mal entendida. Es como comprarle a un michi una fuente de agua con luces LED y filtro de carbono, para que el tipo termine tomando agua de la llave goteando. ¡Una falta de criterio administrativo total!”

Pasa también tu garrita por: El árbol inclinado de la autopista Norte en Bogotá: un accidente que todavía no ha pasado.

🔍 ¿Qué pasa en este arenero?

Aquí el enredo no es de ladrillos, sino de papeles. Tenemos problemas administrativos, cambios de uso que nadie avisó y una falta de asignación funcional que deja los espacios improductivos. Son edificios que funcionan a “media marcha”, más lentos que un gato perezoso un domingo por la tarde.

⚠️ El zarpazo a la eficiencia

El impacto es un goteo constante de recursos:

  • Mantenimiento sin retorno: Seguimos pagando vigilancia y limpieza para pasillos por donde solo pasan las sombras.
  • Baja eficiencia del gasto: Es plata que está ahí quieta, estirándose perezosamente mientras otras zonas de la ciudad están pasando trabajos.

Chisfi: “¡Ay, Naranjoso! ¿Entonces en todos esos barrios hay construcciones sin terminar? ¡Guau, qué enredo! Yo pensaba que Bogotá era como mi parque, que siempre está listo para correr. Pero ahora veo que hay muchas pajas azules rotas y muchos huecos donde nadie está excavando tesoros.

A mí me da un poquito de pesar que gasten tantas galletas… digo, tanto dinero, y que las cosas se queden ahí solitas cogiendo frío. ¿Será que los señores que hacen las obras se perdieron y no encuentran el camino de vuelta? ¡Yo les puedo prestar mi olfato para que lleguen y terminen de una vez! ¡Qué felicidad sería que todos esos elefantes se volvieran parques o puentes de verdad para que nosotros podamos pasear sin que nos ensuciemos las patitas! ¿Verdad, Naranjoso?” 🐾🐶🦴

Naranjoso: (Sacudiéndose el polvo de las patas con una elegancia impecable y ajustándose el bigote con mucha parsimonia) “Ay, mi buen Chisfi… ojalá el mundo fuera tan simple como seguir un rastro de olor y encontrar el camino de vuelta. Pero en este arenero gigante llamado Bogotá, los humanos tienen la mala maña de empezar a excavar y luego olvidarse de dónde enterraron el tesoro… y de paso, nuestra plata.

Ya lo vieron en este recorrido de contrastes. Tenemos desde el descaro absoluto en Usaquén, pasando por el esqueleto olvidado y oxidado de la Calle 100 que ya es parte del paisaje del abandono, hasta casos como el de la Calle 153. Ese puente es el ‘abuelo’ de las obras; lleva siete años en una siesta profunda y, aunque por fin se ve gente trabajando para despertarlo, es el monumento vivo a la paciencia que nadie debería tener. Siete años, Chisfi… ¡en ese tiempo un gato ya ha gastado la mitad de sus vidas esperando a que pavimenten!

Como editorialista con bigote, me eriza el lomo ver cómo nos venden gata por liebre con contratos que parecen eternos. No es solo falta de cemento, es falta de respeto por el tiempo y el bolsillo de los que caminamos esta ciudad. Es un sistema que ronronea promesas pero que se queda dormido en la burocracia mientras el presupuesto se evapora más rápido que la leche en un plato caliente.

Por ahora, guardamos las garras, pero dejamos el ojo bien abierto. Porque si algo sabemos los gatos, es que la vigilancia no descansa hasta que la última viga esté en su sitio. Bogotá no necesita más paquidermos de cemento ni obras que duren una década; necesita gerencia, seriedad y que, de una vez por todas, terminen lo que empezaron.

Aquí, entre este perro noble y este gato con criterio, no se nos escapa ni un ratón… ni un solo peso mal invertido. ¡Se acabó la siesta, señores contratistas! El tiempo corre, y nuestro bigote no perdona.” 🐾🍊🎩Chao Michismosos!!

Si quieres apoyar este proyecto y ayudar a peluditos de la calle, tienes el enlace abajo. Invítame las croqueticas:

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