
Por allá en los años 90, antes de que a nuestro humano le doliera la rodilla, los mandamases de alguna cadena de televisión de los Países Bajos se inventaron un programa de TV creado bajo la premisa orwelliana del “Gran Hermano” que todo lo ve y que llamaron Big Brother. Para muchos fue revolucionario y trataba de un zoológico de egos que, sin haberse visto los hocicos jamás, se encerraban en una casa, les ponían cámaras las 24 horas y se daban de arañazos hasta que al menos arañado le daban un gran plato de croqueticas.

Así, muchos canales en diferentes países replicaron el formato y tuvieron sus propias versiones de Gran Hermano. Luego, esa telerrealidad de arañazos mutó en mil variantes dependiendo del canal que la produjera: hubo realities de encierro, de talentos, de cocina, de citas, de canto, y mucha más zarpa, pelaje y dientes frente a las cámaras.
Algunos de estos formatos tienen su mérito, ya que han impulsado talentos, cocineros, emprendedores y cosas que aportan a la sociedad; hay que ser justos y decirlo, porque no todo lo que salió de ahí ha sido basura.

Pero así como hay ejemplos interesantes, hay otros que pasaron de ser parte de la “caja idiota” —como bautizaron a la televisión en los años 50— a convertirse en una pura caja de arena. Y por esto último les voy a hablar de uno en particular: La Casa de los Famosos.
Este reality tiene versiones en Estados Unidos, México y Colombia. Con el mismo molde de “Gran Hermano”, encierran a un zoológico en una jaula donde también se dan de arañazos hasta que el menos rasguñado se lleva las croqueticas premium. La gran diferencia con su abuelo televisivo —de la época en que nuestro humano no tenía que tomar tantas pastillas— es que el original al menos tenía la decencia de meter a desconocidos totales, gente de a pie. Era un experimento sociológico crudo, un zoológico de vecinos comunes donde el choque de clases, la convivencia real y el anonimato le inyectaban un gramo de imprevisibilidad y frescura antropológica. No iban por la fama ni por revivir carreras muertas; iban por las meras croquetas.
Hoy en día, es el hundimiento y la miseria total: la franquicia mutó en una residencia de parásitos mediáticos y egos de alquiler. Ya no hay experimento social ni sorpresa; meten a influencers desesperados por likes, actores en bancarrota moral y modelos de plástico y seso hueco cuyo único libreto es fabricar peleas guionizadas para salir a vender discos, marcas o recuperar portadas. Es la comercialización absoluta del chisme de pasillo en alta definición, donde los productores parecen escarbar cada año el fondo de la caneca mediática para buscar la peor broza digital y conseguir rating.

En conclusión, el abuelo noventero por lo menos fingía ser un estudio de la conducta humana en cautiverio; el nieto actual es una guardería de vanidades donde lo único que se cultiva es la pereza mental envasada en cajita digital, y que huele y luce peor que cuando yo comí de la caneca de la cocina. Y aunque dicen que son “famosos”, no los conocen ni en su propia casa: su gato les sisea y el perro les gruñe. Mi chismoso, por favor, no te dejes arrastrar por esta pordebajada televisiva que solo está creada para adormilar a la masa y distraerla de los problemas de la sociedad.
Chao, michismosos.

